Sudores ajenos

septiembre 26, 2007

Hace unos días recibí un mail de una gran amiga mía con la que, de vez en cuando, me cito para tomar un café y celebrar que aún estamos vivos. En el mail me adjuntaba una fotografía donde posaban ella y varias compañeras más de despacho. Lo curioso del caso es que todas lo hacían vestidas de negro riguroso, protestando por la actitud intransigente y déspota de su jefe, un ilustre Director Económico Financiero, antaño militante de un partido de izquierdas, del que se hilvanó en la cabeza algunas teorías ideológicas y, desde luego, pocas o nulas formas de llevarlas a la práctica.

En aquella fotografía, pues, vi reflejado claramente el lastre franquista, agropecuario y dictatorial que hoy todavía queda por algunos rincones; los modales y formas anacrónicas que parecen haberse tatuado en el subconsciente colectivo como marca de la casa; el comportamiento macho ibérico que aún destilan más de cuatro; la venenosa acritud que, aún siendo casi imperceptible, al dispararse contra otros les mina enteramente el ánimo.

La democracia también se cuida, nutre y enriquece en los más modestos rincones: oficinas, bares, despachos… No podemos seguir siendo extraños; vilmente deshumanizados, aunque alegremente competitivos. No podemos campar a nuestras anchas con el carnet eventual de nuestro rango, ni practicar la convivencia social como si las personas fueran meros objetos archivados en nichos sociales o castas. Hace falta más empatía, mucha menos vanidad y engreimiento del que se derrocha todos los días; mayor coraje cívico para no pertrecharse en el ánimo burgués que le viene al pairo lo que esté a dos palmos más allá del propio ombligo. Hace falta sentir al otro, en medio de esta maraña de neoliberalismo triunfante y silencioso donde una buena porción de tribus sin escrúpulos suelen amordazar a las mayorías silenciosas. Hace falta, como utopía razonable, seguir apostando por el significado más profundo de las palabras para que, como dardos inquietos, sepan cimbrear los pedestales egoístas donde se han subido algunos mezquinos que viven a costa de sudores ajenos.

Y ahí estamos. ¿Seremos, cada cual, capaces de afrontar este reto?…