Violencia en el furgo

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Las personas, miradas desde fuera, a la manera del espectador orteguiano, dan –damos- para mucho. Por ejemplo: la forma de comportarse en los estadios de fútbol, confundido entre otros, lanzando improperios al árbitro o a los jugadores, refugiado en ese anonimato cínico que te permite tirar la piedra y esconder la mano.

El fútbol, que desde los tiempos de Paco –que en paz descansemos- siempre ha sido ese sonsonete macho que se colaba por todos los medios de comunicación, incesantemente, al ritmo de sus múltiples metáforas viriles y de su publicidad alcohólica, con aquello de que el coñac era cosa de hombres, amén. Pero he te aquí que la cosa se nos está desbocando mucho y el civismo debería retornar de nuevo a los estadios. La violencia no puede ser el colofón festivo de ir a ver jugar a veintidós multimillonarios una tarde; a no ser que, como decía Ortega, la masa sea una pasta de seres.

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