Conocí a aquella mujer, como a otras tantas personas, por circunstancias imprevisibles del destino. Con el paso del tiempo y el acercamiento brindado por una convivencia social, muy en sus justos términos, me enteré de que era poeta. Ella era poeta y, a pesar del inmenso respeto que yo siempre había tenido a esa palabra, no pude por menos que rendirme a la evidencia, para lo cual, previamente, yo ya había leído muchos de sus poemas publicados.
Un día, impudoroso y aciago, aquella mujer me muestra repentinamente su lado más incívico y oscuro; su petulancia atroz derramada sobre mi paz sin importancia, su endogamia, su labrado cinismo.
Y, claro, ahí es cuando me surgió del fondón de mi mismo la siguiente pregunta: ¿ el poeta, al serlo, no lo es al mismo tiempo en la vida y en la página?…
































































Septiembre 20, 2007 a las 8:00 am |
Lo cierto es que, pocas veces, muy pocas, el autor está a la altura de sus poemas.
Saludos
Septiembre 22, 2007 a las 7:14 am |
los poemas son como los hijos del poeta, y si a uno le caen bien los hijos, eso no quiere decir que le caiga bien el padre, algo asi, saludos de una caricatura aspirante a poeta
Septiembre 24, 2007 a las 7:22 am |
Qué duro es salir del poema para darse de frente con la realidad
Septiembre 24, 2007 a las 3:13 pm |
O la realidad es demasiado cínica para diferenciarse tanto del poema…